2002

miércoles, 1 de julio de 2009

Diario de un Profesor

En la despedida del curso.

A mis compañeras y compañeros:

Dejó escrito Freire en cierta ocasión, hablando sobre aquello de llamar a los profesores con otros nombres (facilitadotes…): “Estoy absolutamente convencido de que no hay razón para que un profesor tenga vergüenza de ser profesor, de ser educador… Yo soy un profesor y no tengo por qué esconder eso”.

Hay, ha habido y habrá siempre entre nosotros muchos compañeros y compañeras que darán altura a este oficio con su manera de trabajar y hacer las cosas. Profesores y profesoras de los pies a la cabeza. Desde la diferencia de nuestros estilos y nuestros modos de ser y de sentir, poblamos las aulas, ---también los pasillos---, de nuestro centro con nuestras enseñanzas. Venimos, permanecemos, nos vamos y… permanecemos. Los alumnos, los padres, los centros, la sociedad, aunque a veces ni lo saben ni lo expresan, terminan contrayendo una enorme deuda moral y de gratitud con los educadores. Es verdad que nos pagan por nuestro trabajo y que de ello vivimos, pero a diferencia de otros oficios a excepción del de campesino, nosotros somos especialistas en el arte de la siembra y del cultivo de la espera. Y aunque estamos a acostumbrados a que los frutos de esa cosecha se recojan la mayor de las veces en la eternidad, debemos saber que dejamos una estela permanente de entrega, en la que va lo mejor de nosotros mismos, nuestros mejores años.

Esta memoria de final de curso quiere recoger el agradecimiento a todos y especialmente a cuantos y cuantas compañeras nos han acompañados este curso y seguramente no estarán en nuestro centro en años venideros:

A Juan María, que dejará aún algunos de sus sofocones perdidos por los rincones de la pista de deportes. Bien sabemos que este trabajo no siempre te da calma, aunque siempre la necesitamos.

A Carmen Prieto, que ha estado brevemente, pero nunca una presencia tan efímera ha dejado pinceladas que perdurarán tanto. Ellas nos recordarán por siempre a nuestros amigos italianos, nos recordarán que existe la posibilidad de viajar a Ítaca y de recitar cada día a Kavafis y, sobre todo, darán cada mañana, en cada momento, la bienvenida a cuantos entren por nuestra puerta a recibir eso que damos: lo mejor que sabemos dar.

A Paloma, por cinco años entre versos, textos, faltas de ortografía y párrafos de paciencia, de dulzura, de trabajo callado, de entrega al otro antes de pensar en sí misma, de sonrisa permanente a pesar de tantas mañanas de cansancio.

A Eva, por 17 años, 13 de ellos en el IES, entregados a una comunidad, de la que ella conoce al dedillo a las familias, a la hermana de tal, a la abuela de cual. Ella conoce bien el entorno social de nuestro alumnado. Ha sabido conectar bien con él se ha preocupado por sus problemas. De ella dice alguna compañera, que mantiene un cierto halo de maestra de las de siempre, de esas de las que se aprende más de lo que enseña. Ella deja algo más que un eco, no siempre afinado, de flautas.

A Mamen, por 18 años de pelea sin cuartel por mejorar la lengua, la expresión y la comunicación de las gentes del lugar. Por su sentido de la responsabilidad y del trabajo. Tan exigente consigo misma. Por ese lado algo hermético, seguro por timidez, que no le conocemos y que a duras penas le descubrimos tierno, sensible, leal, cariñoso.

A las tres, sabemos que dejáis aquí una parte tan dilatada e intensa de vuestras vidas. Vosotras… personificáis hoy este repetido rito de la despedida del maestro, del profesor, de la maestra, de la profesora y a todos. Vaya nuestra gratitud por haberos tenido aquí y por habernos dado la oportunidad de trabajar juntos, de luchar juntos, de discutir juntos, de educar y enseñar juntos…porque con todo ello hemos podido, sin duda, ser mejores.
Hay quien ha dicho que hay tres grandes decisiones en la vida de las personas que condicionan su felicidad: dónde vivir, qué hacer y con quién compartir la vida. La más importante, dicen, es la primera. Por eso se habla de la geografía de la felicidad. Claro que muchas personas no tienen la posibilidad de elegir. Están condenadas a vivir donde han nacido porque ni siquiera pueden imaginarse otra cosa. Los profesores y las profesoras, aunque elegimos, no siempre estamos allí donde hubiéramos querido, pero a pesar de ello acumulamos años de entrega allí donde recalamos y hacemos de ello una opción de vida y de compromiso y en educación esa es la respuesta valiosa para ser felices en esta titánica empresa de educar y formar adolescentes. Es verdaderamente emocionante pensar que nos encontramos entre aquellas personas que se desviven por la educación, profesionales que acuden al trabajo con la ilusión de combatir la ignorancia y de sembrar la bondad. En esta sociedad que tan poco cuida a sus maestros, a sus profesores bien merece celebrar que hay docentes que, por oficio, dedicamos nuestras vidas a compartir el conocimiento y a formar ciudadanos. Gracias por ello. Gracias a todos y a todas por vuestro trabajo. Hemos terminado el curso, felicidades.

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